EL VALOR DE LA FRUSTRACIÓN


Un “no” puede también resultar de utilidad para el niño, ya que la limitación y la frustración consiguiente le transmite una sensación de realidad, le estimula a enfrentarse a los obstáculos y problemas, a hallar soluciones, a desarrollar su capacidad de adaptación y a cambiar eventualmente de objetivo. Pero, en cualquier caso, es necesario que estas frustraciones “necesarias” sean proporcionales a la capacidad de aceptación del niño ya la posibilidad de aguante y se vean siempre compensadas por satisfacciones en otras áreas.

EL SENTIMIENTO DE INFERIORIDAD

Especial atención merece el sentimiento de inferioridad, que marca y condiciona el desarrollo psíquico de los primeros años de vida.
La inmadurez física, sensorial y cognoscitiva del niño determinan una sensación persistente y turbadora de malestar y de inadaptación en relación a las personas adultas. Este sentimiento natural e instintivo de inferioridad puede acentuarse y estructurarse en “complejo” en determinadas y desafortunadas situaciones: malformaciones congénitas, defectos estéticos y enfermedades crónicas pueden dar lugar en el niño a una percepción de cuerpo imperfecto y defectuoso o en cualquier caso no adecuado.

De igual modo, en el ámbito psicológico, experiencias traumáticas, como un abandono, un alejamiento precoz del ambiente familiar, una patología psíquica de los padres o una educación hiperprotectora pueden transmitir al niño una constante y repetida desvalorización, que inevitablemente reforzará el primitivo sentimiento de inferioridad. El reconocimiento de la condición de igualdad se producirá lenta y progresivamente, sobre todo si el ambiente que rodea al niño y las personas que están a su lado durante el crecimiento son capaces de crear situaciones favorables y estimulantes, que permitan al niño experimentar con éxito la validez de sus instrumentos a la hora de expresar sus potencialidades.

LA RABIA

Precisamente en torno a los 2-3 años se registran las primeras reacciones agresivas en respuesta a la falta de satisfacción de una necesidad o un deseo, que se expresan a través de crisis de rabia, destructividad, actitudes de oposición y rechazo.
El niño se torna intolerante en relación al papel directivo de los padres y reacciona ante las limitaciones impuestas por la educación y las relaciones sociales. La agresividad puede orientarse de forma explícita hacia la causa que la ha provocado o ser trasladada a otras personas, objetos, animales, o incluso volverse contra uno mismo.

Estos dos últimos comportamientos se registran tanto por la incapacidad debida a la edad del niño de individuar correctamente el motivo que determina la frustración, como porque puede ser demasiado arriesgado o en cualquier caso peligroso desahogar su propia ira sobre la persona o sobre el objeto que la ha provocado. Según el temperamento del niño y de cómo se relacionen con él los adultos, la frustración y la agresividad consiguientes pueden desempeñar una función positiva y estructurante o reflejarse negativamente y ser responsables de trastornos psicológicos.

Una excesiva permisividad por parte de los padres impide al niño aprender a tolerar los disgustos y a controlar en consecuencia la agresividad; sin embargo, no resulta tampoco beneficioso un padre demasiado autoritario o intransigente, porque refuerza la frustración y no transmite por tanto a su hijo seguridad en sus posibilidades: al inhibir la reactividad agresiva, el niño podrá sólo defenderse con sentimientos depresivos y de culpabilidad, y con la angustia ligada a ellos.
Tampoco ayuda una figura paterna unas veces autoritaria y otras permisiva, porque, entre tanta contradicción, el niño no encuentra un modelo de referencia adecuado.

 

 

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